La envidia es mala consejera

La envidia es un sentimiento social. Esto quiere decir que está en la dotación del animal fuertemente social que es el ser humano. La envidia nos lleva a fijarnos en los logros de otra persona y desearlos para nosotros. Nos hace ver nuestras carencias en la riqueza de otro. Es decir es un sentimiento que nos hace enfocarnos en lo que otros han conseguido y nosotros no tenemos.

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De ese modo su finalidad social estaría dirigida hacia la igualdad, pues precisamente es un detector de las desigualdades de la sociedad. Esta podría ser su finalidad positiva, al descubrir que alguien ha conseguido una meta nos hace ver que nosotros también podemos conseguirla. Introduce de ese modo la emulación en la vida social, que produce un fenómeno de contagio con respecto a los logros y cuando una persona consigue algo es fácil que al poco tiempo otras también consigan eso mismo. Por eso valoramos tanto al primero que consigue algo, porque al hacerlo abre un camino que los demás pueden seguir.

Sin embargo la envidia es una emoción secundaria. Esto quiere decir que tapa una emoción primaria en la percepción de quien la siente. La emoción primaria surge porque el sistema emocional detecta una necesidad no satisfecha. Una emoción secundaria no tiene detrás una necesidad de la persona que la siente. Lo que tiene debajo es una emoción primaria que queda tapada. Debido a esto, quien experimenta una emoción secundaria tiene más difícil acceder a su auténtica necesidad, ya que esta se encuentra oculta en el interior de una emoción primaria que ha sido tapada y que por tanto no se percibe. La emoción secundaria es mucho más intensa desde el punto de vista de la percepción y la emoción primaria queda tapada por ese intenso sentimiento.

En el caso de la envidia la emoción primaria que no se percibe es una vergüenza. La vergüenza es la emoción que detecta el propio valor, la autoestima personal. Una baja valoración de uno mismo puede acabar siendo con el tiempo un intenso sentimiento de que no somos valiosos, o no somos dignos de ser queridos, o no somos capaces.  En estos casos estamos ante una emoción primaria desadaptativa, lo que quiere decir que lleva tanto tiempo sin ser resuelta que se ha convertido en algo difícil de resolver. El sentimiento de no ser digno de ser querido, o el sentirse malo, o el no sentirse valioso o capaz pueden ser sentimientos muy intensos, conectados en la propia historia infantil con la falta de amor. Estos sentimientos pueden originar un sentimiento de rechazo a uno mismo muy intenso, que nos impida aceptarnos y valorarnos. Es decir, sentimos vergüenza de nosotros mismos.

En esta situación de vergüenza, resulta más fácil aceptar el sentimiento de envidia hacia algo del prójimo a quien vemos valioso, o querido, o capaz, de un modo que nosotros no hemos conseguido, es más nos sentimos incapaces de conseguir. En este caso la envidia ya no es emulación y estimulación social, es deseo de que el otro se hunda, de que el otro no tenga lo que nosotros no somos capaces de conseguir, o pensamos que no conseguiremos nunca. La persona se regodea, goza imaginando la caída del otro. Esto es más placentero que pensar en resolver las carencias personales.

Llegado a este punto la envidia es un sentimiento muy destructivo porque enfoca a quien la siente en destruir el logro del otro, que no le beneficia en nada, que no llena ninguna necesidad personal, y además hace daño al otro. El envidioso de este modo hace daño al otro y no consigue beneficio personal.

Además salir de la envidia es complicado porque implica mirarse a uno mismo y aceptar la propia carencia personal, en vez de mirar al prójimo. Lo más difícil de esta vida es enfrentarse a uno mismo y aceptar las propias carencias. Resulta más fácil enfocarse en el otro, echarle la culpa de nuestra carencia personal.

Con todo lo dicho solo nos queda constatar que la envidia está ahí en nuestra dotación de sentimientos sociales y tenemos que lidiar con ella. Todos sentimos envidia y quizá lo peor sea negar que la sentimos. Lo que no podemos olvidar es que en cualquier caso nos tenemos que mirar a nosotros mismos, que la envidia es positiva si se utiliza como en emulación que nos impulsa a crecer.  El objetivo, la necesidad alrededor de la que se mueve la envidia siempre tiene que ser nuestro, no del prójimo.

Por el otro lado la envidia en cuanto tal, esa que quiere el daño del otro, es muy mala consejera, espero que esto habrá quedado claro.

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