Aceptar

Resumen: la aceptación es un paso de la gestión emocional, un paso necesario, ineludible, que nos pone en disyuntivas vitales, las que van a ir conformando nuestra vida, su trazo biográfico.7491977_s

Aceptar la emoción es uno de los pasos de la gestión emocional. Es un paso que no se puede sortear y de los primeros, pues abre el camino a la gestión. Es el paso que introduce a la persona en su experiencia y da la posibilidad de convertir a esta en positiva. Sin esta aceptación las experiencias siguen siendo algo que nos ha pasado, que incluso nos ha golpeado, que podemos llegar a sentir que incluso nos ha destruido, pero no podemos manejar lo que nos pasa. La aceptación nos introduce en la realidad, nos indica el camino hacia ella, y no podemos vivir fuera de la realidad.

Sigue leyendo

Un modo de distinguir las emociones

Desde finales de los años 80 se ha encontrado una forma de clasificar las emociones siguiendo 3 dimensiones. Estas son:17751199_s

¤  Intensidad (excitación)

¤  Agrado-desagrado

¤  Agresión-sumisión

Sigue leyendo

Decidir lo que hay que sentir

Resumen: hay dos corrientes de interpretación de la inteligencia emocional, decidir que hay que sentir y aceptar lo que se siente. Cada una responde a un modo de concebir la persona diverso. Quien decide que hay que sentir es una cabecita pensante y decididora. Quien acepta lo que siente es una persona con cuerpo en contacto con su suelo, con su realidad. Esta última es la línea de ISIE.

Hay toda una corriente de inteligencia emocional que entiende que somos capaces de 15743954_sdecidir en cada momento lo que queremos sentir. En mi opinión se trata de una mala comprensión de la psicología positiva, pero que se haya muy extendida. Es una especie de optimismo contagioso que dice que podemos elegir que sentir en cada momento, especialmente podemos decidir, en los momentos en que experimentamos sentimientos desagradables, dejar de sentirlos, que eso depende de nosotros, que si nos seguimos sintiendo mal es porque no hemos querido salir de ese sentimiento, que dejar de sentir en “negativo” depende de nosotros.

Esta idea está también bastante extendida en la cultura de relación habitual y, por poner un ejemplo corriente, cuando un maestro se encuentra un niño llorando, le sale natural el: «¡No llores! Vamos a ver qué pasa». Y el maestro dedica sus esfuerzos a que el niño o niña deje de llorar, y cuando lo consigue se queda tranquilo.

Bueno pues, los dos casos que he expuesto tienen algo en común, en ambos hay alguien que decide cómo hay que sentir. Es decir, no se acepta la emoción desagradable y se sustituye por una agradable. Lo que pasa es que no se califican así sino positiva y negativa. Es decir se hace una identificación entre negativa y desagradable y entre positiva y agradable. Esta es la segunda gran falacia (que merece una entrada que prometo dedicarle), que se une a la de que efectivamente podamos decidir qué sentir.

Vamos por partes. Lo que sentimos en cada momento depende de nuestro sistema emocional, de nuestra sensibilidad, tanto la que se refiere a los sentidos, como a su elaboración y valoración interna que son las emociones y sentimientos. La razón, esa instancia decisoria y que nos hace creer que estamos por encima y podemos decidir sobre nuestros sentimientos, en realidad trabaja sobre la experiencia, sobre las vivencias acumuladas. La verdad es que también acumula etiquetados, nombres que le hemos puesto a cada cosa, a cada suceso que nos ha ocurrido, a cada aprendizaje. Pero es un gran error pensar que es totalmente independiente de lo que sentimos, que puede decidir autónomamente, sin partir de los datos que le da el sistema emocional: sensaciones, emociones y sentimientos. Pensarlo o, lo que es peor, actuar así es desconectarse de la realidad, o si se quiere de modo más concreto de nuestro suelo, de nuestra experiencia, de todo lo que nos ha pasado y nos está pasando también ahora, y decidir sin contacto con la tierra que pisamos. Esta es la primera gran falacia y como tal falacia, irrealizable.

Lo que sentimos tiene un contacto muy importante con la tierra, con nuestro suelo, con lo que nos pasa en realidad, por lo que si estamos enfadados es que alguien ha pisado un terreno que consideramos nuestro. El enfado nos indica eso, por eso si alguien nos dice: «¡No estés enfadado! ¡No vale la pena!», en realidad no nos soluciona nada, o mejor apela a nuestra razón para que decida no sentir el enfado, pero el sistema emocional va a seguir tozudo sintiendo que alguien ha pisado nuestro terreno, algo que consideramos propio.

Esa emoción, el enfado, apunta a una necesidad, en modo resumido: que se respete lo que es nuestro, y decidir que ya no es nuestro o que no nos enfada que nos lo quiten, no va a servir de nada. Si el sistema emocional sigue percibiendo que nos siguen pisando el terreno, va a seguir enviando oleadas de irritación que van a negar el esfuerzo de la razón de que tal enfado no existe, de que estamos y nos sentimos bien, de que es solo una emoción negativa y que somos capaces de quitarla porque lo hemos decidido así.

En el fondo, si se piensa bien, detrás de ambas concepciones, la que decide qué sentir y la que acepta lo que se siente, hay dos ideas diferentes de la persona humana. En la concepción en la que decido qué sentir, en realidad no somos más que una razón que decide, una cabecita pensante, un sujeto etéreo, en el aire, al que no le pertenecen las emociones y sentimientos, que son algo externo que más bien se sufre y sobre lo que se puede decidir, igual que se puede decidir estar sentado o de pie, o comer una manzana o una pera. La concepción que acepta lo que siente es una visión del sujeto que lo integra con sus emociones, sentimientos y sensaciones, estas son parte del sujeto. Se trata de una persona más en contacto con la realidad de su experiencia, con su suelo, con lo vivido, en resumen: con nuestro cuerpo, somos seres con cuerpo, no espíritus puros.

Quedan muchas cosas que decir y matizar sobre este tema, por lo que no creo terminarlo aquí, pero lo escrito me parece suficiente para una entrada. Prometo seguir esta reflexión con vuestras aportaciones en otras posteriores, porque me parece muy importante a día de hoy, pues está haciendo daño a la inteligencia emocional, al meter a las personas en caminos que no se pueden recorrer y conseguir de hecho muchas frustraciones y desilusiones.

Imponer lo que tenemos que sentir

Resumen: Imponer lo que tenemos que sentir es tan inaceptable como imponer lo que tenemos que pensar Lo que sentimos es algo sencillamente que hay que aceptar, no es ni bueno ni malo Imposiciones como: “no llores”, “no te deberías sentir así”, “no te enfades”, no se deberían dar en la educación. Malo es no tener miedo en la situación de gran peligro o no sentir tristeza ante una gran pérdida o no enfadarte cuando te están pisoteando. Cambiar la emoción por otra más agradable, sencillamente porque es desagradable y no mirar la situación nos llevaría a muchos problemas de adaptación a las situaciones.

Cada vez estoy más convencido que las emociones son algo que no se impone, que no se puede imponer, que son algo que se acepta. Imponer lo que tenemos que sentir es tan inaceptable como imponer lo que tenemos que pensar, y al final es igualmente violador de la autonomía personal.

Y es que hemos tenido una larga historia de consecución de derechos que ha hecho de la libertad de pensamiento uno de sus centros. Y es una historia preciosa, que nos ha hecho descubrir los derechos humanos, instrumento imprescindible para la defensa de los seres humanos y progreso profundo en la historia de la humanidad. Sin embargo el derecho a la libertad de sentimientos, ni tiene tanta tradición, ni está tan marcado en la historia de los derechos. Sin embargo es un derecho innato de los seres humanos, que constituye el centro de su subjetividad. Desde luego, emociones y sentimiento constituyen el centro de nuestra subjetividad, de lo que es más nuestro de nuestra sensibilidad ante la vida.

Lo que sentimos es algo sencillamente que hay que aceptar, no es ni bueno ni malo. En principio se encuentra antes de lo que se denomina moral o cualquier guía de conducta. Por ello no es censurable. Sentir algo no tiene censura moral. Lo que sentimos no es lo que hacemos, y lo que sentimos es siempre respetable, no así lo que hacemos.

La emoción es una guía para la acción. Evidentemente no todas las emociones lo son, hay que saber discernir. Es una guía con alguna complejidad y como sucede con todo, tiene disfuncionalidades, que debemos arreglar. Pero estas disfuncionalidades no deben llevar a una corrección del sistema dictado desde la razón: “esto es lo que debería sentir”, o, aún peor, la imposición externa de que: “no te debes sentir así”.

Imposiciones como: “no llores”, “no te deberías sentir así”, “no te enfades”, no se deberían dar en la educación, ni en los colegios, ni en el ámbito familiar, y están profundamente arraigadas. Realmente si hay una época en que este respeto a las emociones es importante es precisamente la infancia.

Lo que también me preocupa es que veo muchas corrientes o sencillamente organizaciones o personas singulares, que pretendidamente enseñan educación emocional, que cuando lo lees despacio encuentras que en el fondo te están enseñando a sentir, te están diciendo cómo debes sentir en determinadas ocasiones. Algunas de estas corrientes se apoyan fraudulentamente en la psicología positiva. Estas corrientes en cuando encuentran una emoción que denominan negativa acuden a toda prisa a eliminarla, normalmente por el método de sustituirla por una emoción positiva.

Esto sería, y soy consciente de que los ejemplos tienen sus limitaciones, pero también son gráficos, como preocuparse de si funciona bien la luz del salpicadero del coche, que nos indica que no hay gasolina, sin mirar si tenemos combustible. Solo cuando hay disfunción, miramos que le pasa al indicador de la gasolina.

Y cada una de las emociones básicas ha sido instalada en el sistema de nuestra sensibilidad por la evolución para indicarnos necesidades. Malo es no tener miedo en la situación de gran peligro o no sentir tristeza ante una gran pérdida o no enfadarte cuando te están pisoteando. Estas emociones (miedo, tristeza y enfado), que son desagradables, están ahí para que podamos reaccionar a esas situaciones y lo natural por tanto es sentirlas en ese caso. Son desagradables precisamente para impulsarnos a movernos, a cambiar, porque la situación no es buena para nosotros. Cambiar la emoción por otra más agradable, sencillamente porque es desagradable y no mirar la situación nos llevaría a muchos problemas de adaptación a las situaciones.