La AUTENTICIDAD en la relación docente

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La autenticidad es una de las 3 actitudes que Carl Rogers establece como condiciones necesarias y suficientes para establecer una relación saludable. Las otros 2 son empatía y aceptación positiva.

Se podría sintetizar como la capacidad de ser uno mismo en la relación, sin máscaras. Rogers lo expresa así: «He descubierto que cuanto más auténtico puedo ser en la relación, más útil me resulta esta última. Esto significa que tengo que tener presentes mis propios sentimientos y no ofrecer una fachada externa, adoptando una actitud distinta de la que surge del nivel más profundo o inconsciente. Ser auténtico implica también la voluntad de ser y expresar, a través de mis palabras y mi conducta, los diversos sentimientos y actitudes que existen en mí. […] Sólo mostrándome tal como soy puedo lograr que la otra persona busque con éxito su propia autenticidad». (Rogers, C., El proceso de convertirse en persona, Paidós, Barcelona, 1987, p. 41).

Como se puede entender fácilmente esta condición se refiere a la persona que en principio es la autoridad de la relación: el docente, el coach, incluso el terapeuta o psicólogo, y digo en principio, porque es precisamente la autenticidad la condición que permite hablar de una relación de iguales. Objetivo que Carl Rogers persiguió para la relación terapéutica durante sus 30 años de relación con Martin Buber. Es precisamente la autenticidad la actitud que introduce a la persona del docente en la relación y le introduce como la persona que realmente es con sus fallos y sus aciertos, con sus sentimientos, sus enfados y sus miedos. Fijémonos bien, solo de este modo la relación es una relación verdaderamente sana.

Rogers llegó a afirmar que la autenticidad era la más fundamental de las tres actitudes. Según él, no significa tener que expresar todos nuestros sentimientos a la otra persona. No es una opción por la total claridad, algo que en la realidad entre personas resulta ingenuo. Lo que significa es que el docente o el coach no se niega a sí mismo ninguno de los sentimientos que está experimentando y que está dispuesto a aceptar cualquier sentimiento persistente que exista en la relación y dejar que éstos sean conocidos por el alumno. Significa evitar la tentación de presentar un rol o esconderse tras una máscara de profesionalismo.

La autenticidad evita que la empatía se convierta solo en un espejo, un reflejo frío de lo que le pasa a la otra persona. Esto se situaría muy lejos de la actitud necesaria para el docente o el coach, porque le pondría como un observador de la situación y un observador objetiviza y diagnostica (estaríamos en la relación YO – ELLO de Martin Buber). La actitud que se busca se sitúa precisamente en las antípodas de esa, el docente-coach debe trabajar en el marco de referencia de su alumno, debe de algún modo ser otro yo con él, no tomar distancia. En este punto estaría la clave de las actitudes del enfoque que defendemos aquí.

La autenticidad tiene dos caras: una interna y otra externa. La interna hace referencia al grado en el que el docente se muestra receptivo, a su propia experiencia interna. Este lado se llama “congruencia”. Se trata de qué el docente sepa realmente lo que le sucede por dentro. Por decirlo de un modo coloquial: que esté conectado con sus tripas.

La cara externa hace referencia a la comunicación verbal explícita del docente-coach de sus percepciones conscientes, actitudes y sus sentimientos. Este aspecto se denomina «transparencia» o “autorrevelación”. Un docente congruente puede ser muy transparente o mínimamente transparente, ya que la transparencia, como hemos dicho ya, tiene grados; un docente transparente puede ser congruente, o no. En este caso se convertiría un docente «peligroso», porque no conoce su propia experiencia interna y eso va a repercutir en su relación con sus alumnos generando problemas de comunicación.

Luego el docente necesariamente debe ser congruente y conocerse a si mismo y también debe ser transparente, pero debo graduar esta transparencia en bien del alumno: ni es necesario decirlo todo, ni tampoco es oportuno no comunicar nada de la propia experiencia, esto eliminaría la autenticidad de la relación.

Una última idea, es la autenticidad la que permite el docente introducir los límites en la relación, limites que por tanto van a ser auténticos, porque se encuentras basados en sus limitaciones como persona humana, tanto a nivel personal como profesional.

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La familia “NO” es una “dictadura benévola”

familia en la cama

Me he encontrado en el blog de una organización cuya finalidad es la familia, la siguiente afirmación sobre la paternidad “La familia no es una democracia; es una dictadura benévola. En ella hay un gran respeto por los sentimientos de los niños y estos se comprenden, pero es necesario trazar una línea y establecer límites. La disciplina debe ser buena y consistente y debe enseñar y no castigar o avergonzar”.

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El estilo autoritario profesor alumno: «¡tráeme esa silla!!!»

Resumen: El estilo autoritario: me dirijo a una persona y le expreso lo que quiero. Es el estilo que se utiliza para mantener la disciplina. Es el estilo más aparentemente eficaz. Quien habla así asume la carga.  Desde quien lo escucha es recibir una orden en la que  no se encuentra implicado Tampoco se encuentra reconocido. Quien  utiliza el estilo autoritario se mueve en el enfado. Las órdenes tienden a darse desde el enfado y con los tonos del enfado. La sumisión se basa en el miedo El miedo no es creativo.

Voy a desarrollar cada uno de los 4 estilo de los que hable en http://wp.me/p2KddV-2A  Para entender plenamente como se conforma el estilo es necesario ir leyendo las entradas sobre estilos, pues el estilo de cada persona siempre los mezcla. Lo importante es el grado y los momentos en que se utiliza cada uno de ellos.

El primero es el estilo autoritario. Como todos los demás estilos también es necesario utilizarlo, esto para mi resulta obvio, pero también me parece muy importante estar atento a sus consecuencia directas en la relación profesor–alumno. El estilo autoritario es aquel en el quien tiene el uso de la palabra la utiliza para expresar su voluntad y para referirse en directo al objeto que le interesa. Un sencillo ejemplo de forma autoritaria sería: «¡tráeme esa silla!!!». Me dirijo a una persona y le expreso lo que quiero. Es mi voluntad, la voluntad del sujeto que habla.

Cuando la idea subyacente del profesor es que el aula donde la da la clase es suya y también lo es la responsabilidad de que los alumnos lleguen a unos objetivos, el estilo autoritario es el predominante. Es el estilo que se utiliza para mantener la disciplina: se trata de marcar los límites que el alumno no puede traspasar.

Desde luego par quien lo utiliza es el estilo más aparentemente eficaz. Es el que emplea menos tiempo en la toma de decisiones: depende de una sola persona. También el más directo y sencillo de utilizar. De ese modo se deja claro lo que se quiere. La consecuencia es que se asume la responsabilidad de la acción, es el mandante. Quien habla así asume la carga.

El estilo autoritario desde quien lo escucha es recibir una orden. Algo que hay que hacer, pero que no se ha decidido y que se percibe por tanto como imposición. «Eso es lo que tú quieres». Es decir, precisa una motivación para hacer lo que quiere el mandante. Si no hay esa motivación no se cumplirá la orden. Quien recibe un estilo autoritario no se encuentra implicado en aquello que le mandan y la motivación se establece fuera de la orden, porque precisamente la orden procede de una voluntad ajena. Tampoco se encuentra reconocido, es el otro quien decide sin contar con él. Entramos evidentemente en toda la problemática del cumplimiento de órdenes y el modo de imponerlas.

Desde el punto de vista emocional quien utiliza el estilo autoritario se mueve en el enfado como emoción básica, que es la emoción que marca el propio territorio. El enfado es la única emoción que crea desigualdad, una relación de arriba-abajo: aquello que nos enfada es nuestro y el otro no tiene más opción que devolverlo o hacerlo. Desde el punto de vista de quien se enfada, el enfado implica la justicia: nos parece una injusticia aquello que nos han hecho o quitado. Se trata de una justicia que aplica quien habla.

Las órdenes tienden a darse desde el enfado y con los tonos del enfado: «eso es mío y tú tienes que hacerlo». Evidentemente las buenas maneras adquiridas  y muchas veces el tono de la relación establecida evita las formas impositivas, pero otras veces no y, desde luego, en cuanto se la situación se lleva al límite, el enfado impone su fuerza, pues es una emoción que genera mucha adrenalina, precisamente para defender lo propio.

Desde quien recibe la orden la situación es de aceptación o no de la orden recibida. La aceptación es fácil que se haga desde el miedo. La sumisión se basa en el miedo. Cuantas órdenes en una empresa se obedecen en el fondo por no perder el empleo. Cuantas órdenes en la educación se obedecen también por miedo: exclusión de la comunidad educativa que suele conllevar también una presión fuerte desde el ámbito familiar.

El miedo no es creativo porque su función es proteger las columnas de nuestra seguridad, cosas que ya tenemos, no cosas nuevas. Genera una actitud de protección y no de apertura. El miedo cierra a la persona y dificulta sino impide la creación de un vínculo con el profesor, o mejor, crea vínculos basados en el miedo, que también pueden ser fuertes, pero negativos para la persona, que queda encerrada. Encerrada y obediente.

Mejor que acabo, lo dejo aquí, consciente de que se puede hablar más, por ejemplo de la importancia de que el profesor marque sus propios límites personales. Me doy cuenta de que será difícil para muchos aceptar que sus relaciones están montadas sobre el miedo, pero invito a revisar el propio estilo de relación y a un esfuerzo de empatía con cada alumno.