ABC de cómo gestionar cada emoción básica

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151102 Qué hacer por emociones básicas

El acoso en primero de primaria

Hablo partiendo de un caso cercano en que he tenido ocasión de acercarme a las relaciones entre los alumnos de primero de primaria. Mis observaciones se dirigen más al profesor/a como centro de las relaciones que se producen en un aula. A mi entender esa es precisamente una de sus responsabilidades prioritarias.15455389_s

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Sentimientos sociales, una clasificación

Esta entrada es deudora de Leslie S. Greenberg y Rhonda N. Goldman, Emotion-Focused Couples Therapy. The dynamics of emotion, love and Power. American Psycological Assotiation, Washington DC, 2008. Los aciertos hay que imputárselos a ellos, los errores corren de mi cuenta.

Los humanos tenemos una amplia serie de sentimientos de carácter social, es decir que 15174088_sestán diseñados para detectar los vínculos con otros seres humanos y para evaluar dichos vínculos. En esta entrada no vamos a describirlos ni a hacer una valoración de ellos, sino solo a establecer su existencia haciendo una clasificación. Estos sentimientos sociales se dividen en dos grandes grupos: sentimientos de afiliación y sentimientos de dominio.

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Las necesidades se detectan por la carencia

Resumen: las necesidades se detectan por la carencia. Esto tiene una correspondencia en que las emociones desagradables tienen un fuerte carácter tendencial y son muy específicas. Las agradables no tienen ese carácter tendencial tan agudo y pertenecen a la familia de la alegría.

Hay un hecho importante en la dinámica de la gestión emocional que quiero poner de 14349772_srelieve en esta entrada. Cuando hablamos de gestión emocional no hablamos sencillamente de gestionar las emociones, sino satisfacer las necesidades que esas emociones detectan. Detrás de cada emoción primaria hay una necesidad. Una buena gestión emocional satisface las necesidades.

Ahora bien las necesidades se detectan por la carencia. Es más necesidad significa precisamente eso: carencia de algo importante, algo que se necesita. Esto implica que la carencia es agudamente detectada por el sistema sensitivo-emocional y la presencia, es decir la necesidad satisfecha no tiene ese mismo aspecto agudo, tendencial que tiene la carencia. Esto es sencillo de ver, tenemos muy claro cuando tenemos hambre y cuando hemos comido en realidad nos quedamos tranquilos y podríamos detectar ese sentimiento de satisfacción-tranquilidad, aunque muchas veces nos va a pasar desapercibido. Hasta que de nuevo la sensación de hambre nos movilice. Igual que con el hambre sucede con las demás necesidades, desde las básicas a todas las demás. Por eso somos bien conscientes si necesitamos beber, o respirar o movernos y también cuando sentimos miedo (carencia de seguridad) o enfado (al algo o alguien que sentimos ocupa nuestro territorio o nuestros derechos).

Seguramente esta característica está en la base del ser intranquilo que es el hombre, siempre en busca de lo que no tiene, con dificultad satisfecho. Algo que podemos entender bien si consideramos todo ese conjunto estructurado de necesidades que Maslow propone en su famosa pirámide. En cuanto hemos satisfecho unas necesidades otras aparecen y nos movilizan. Esto se incremente si tenemos en cuenta además los vaivenes de la vida y lo que ya habíamos conseguido aparece una crisis y de nuevo inquietos asegurando necesidades que ya parecían seguras.

Esto apunta también a una característica curiosa que llama mucho la atención en la gestión emocional: las emociones desagradables son variadas y específicas. Las emociones desagradables lo son, precisamente para movilizarnos, para decirnos que no estamos bien donde estamos, que tenemos que buscar llenar nuestra necesidad. Son necesidades con un aspecto tendencial marcado. Estamos hablando de las siguientes emociones básicas: miedo, enfado, tristeza, asco

Las emociones agradables no son tan variadas, pertenecen todas a la familia de la alegría (como emoción básica): estar contento, ilusionado, encantado, satisfecho… y pierden ese aspecto específico tendencial de las desagradables: inspiran tranquilidad, paz, serenidad, etc. estados emocionales que no tienen ese aspecto tendencial dirigido a conductas específicas.

Entre las emociones básicas solo hay una, la sorpresa que puede ser agradable o desagradable, aunque en mi percepción cuando se vuelve agradable es que ha derivado hacia la alegría (u otra emoción de la familia de la alegría) y cuando se vuelve desagradable es que ha derivado las mayor parte de las veces al miedo, y sino al enfado (o a sus respectivas familias)

Bueno, espero haber contribuido positivamente a una mejor comprensión de las emociones y de su estructuración y función y especialmente a la constatación de que las necesidades se detectan por la carencia, algo que debemos tener muy presente en cualquier gestión emocional.

Gestión emocional del puerperio: El papel de la doula.

Entrada escrita por Teresa Escudero, doula emocional

Resumen: preciosas indicaciones para la gestión emocional del puerperio. Breves indicaciones sobre cada una de las emociones básicas: alegría, tristeza, enfado, miedo, sorpresa, asco

Suelo llamar al proceso del puerperio “El gran descubridor”. 10140804_sDurante el puerperio, la madre va a experimentar toda una avalancha de sensaciones, emociones, pensamientos, sentimientos….  Todo aparece, los miedos, las inseguridades, los dolores pasados y presentes, las dudas, la incertidumbre, todas y cada una de las sombras de nuestro espíritu, todos y cada uno de las cosas que no nos hemos dicho, que  nos hemos ocultado a nosotras mismas, son puestas al “descubierto” durante el puerperio. Por eso puede ser un tiempo tan maravilloso como aterrador. Y no, no tiene nada que ver con “las hormonas”. Tiene que ver con la gestión emocional, de la que tanto hablamos y tan poco utilizamos, sobre todo cuando hablamos con nosotros mismos (siempre es más fácil gestionar al otro, acompañar las emociones de otro, acoger las emociones de otro… con las nuestras, suele costarnos un poquito más).

Voy a hacer un repaso de las emociones básicas, sus peculiaridades durante el puerperio, y cómo una doula puede acompañarlas y ayudar a la mamá a gestionarlas.

ALEGRÍA: Es fácil de gestionar, pues sólo requiere acompañamiento y celebración. En el puerperio es la emoción “que se supone”, parecería que las madres recientes “tienen” que estar felices y satisfechas. Tiene sentido, por supuesto, la alegría nos informa de que hemos conseguido una meta, y en el puerperio lo que hemos conseguido es conocer por fin la carita de nuestro hijo o hija. Esto produce mucha alegría, y es fundamental acompañarla incondicionalmente. Nada hay que “desinfle” más a una puérpera que el de al lado no pueda disfrutar de su alegría. La doula tiene que evitar los comentarios tipo: “qué alegre estás… y con la pena que yo tengo de que no lo pueda conocer su abuelo(u otro familiar difunto)”, “hija, estás tan contenta que da hasta asco”, “ya, ya, ahora estás muy contenta, ya verás cuando crezca, los disgustos que te va a dar”, “uy, qué pegadita la tienes, ésta no te la despegas en la vida, ya te arrepentirás” (ojo, todos son comentarios verídicos que he escuchado y he tenido que gestionar en mis acompañamientos). En los momentos en que la madre está alegre, lo ideal sería que todos a su alrededor participaran de esa alegría y celebraran con ella esa felicidad.

TRISTEZA: También muy presente en el puerperio, es frecuente que a las madres se las censure en esos momentos de tristeza. Parece como si sólo tuviera derecho a estar feliz… y cuando no es así todo el entorno se agobia. Tan normal y sano en el puerperio es estar feliz como estar triste. Porque la tristeza nos informa de que hemos perdido algo, y en el puerperio una madre pierde muchas cosas, y según cómo haya sido el parto, la gestión de esas pérdidas puede ser muy dura. Una madre se pierde a sí misma durante el puerperio. Su cuerpo ha dejado de ser el mismo, ha perdido la barriguita a la que tanto le costó acostumbrarse, que estaba deseando dejar atrás… pero ahora que no la tiene la echa de menos. Su mente también ha cambiado, es incapaz de concentrarse en algo que no sea su niño, las mamás con una intensa vida profesional antes del embarazo pueden sentir una pérdida importante, y por tanto tristeza. La vida social, la manera de relacionarse con el mundo una vez que se tiene un hijo, ya nunca será igual, y aceptarlo cuesta, es una pérdida que también nos entristece (por mucho que deseáramos al niño y por muy mentalizados que estuviéramos sobre la cuestión)

Si además de todo, el parto ha sido instrumentalizado, no respetado, si la mujer siente que “se ha perdido algo”, o peor aún, que le han robado su momento (y el parto es un momento fundamental en la vida de una mujer), puede sentir tristeza (y también enfado, pero de ese ya hablaremos más adelante). Así, el trabajo de la doula en los momentos de tristeza es acompañar y permitir el llanto de la madre, tanto como relajar y tranquilizar a los acompañantes, explicando que es un proceso normal y que la madre lo único que necesita es un hombro sobre el que llorar y desahogarse (ideal si el hombro puede ser el de la pareja, pero si no es posible, los hombros de las amigas y amigos, de los familiares cercanos, y de la doula, tienen que estar a disposición de la madre), y tiempo para asumir las pérdidas inherentes al proceso de traer una nueva vida al mundo.

ENFADO: Esta emoción es compleja porque  en general se censura, y no es extraño que las mujeres disfracemos el enfado de tristeza, una emoción más “aceptable” en una mujer. El  enfado nos informa de que se han sobrepasado nuestros límites y nos da la energía necesaria para “atajar” la situación que ha provocado ese agotamiento de nuestra paciencia. La expresión sana del enfado es algo tremendamente necesario en esta sociedad, porque en general gestionamos el enfado o de forma agresiva (más aceptable en los hombres) o de forma pasiva (más aceptable en las mujeres), atacando o resignándonos. Aristóteles decía que enfadarse es fácil, que lo difícil era enfadarse con la persona correcta, en el momento adecuado, y con la intensidad adecuada. Tenemos que aprender mucho sobre la gestión del enfado (yo la primera, os confieso que me cuesta muchísimo expresar adecuadamente mi enfado, y trabajo cada día para conseguir el ideal aristotélico). A una puérpera le cuesta especialmente gestionar su enfado, primero por el hecho de ser mujer en una sociedad que tolera mal que las mujeres pongan límites (a sus familias, maridos, jefes, a los hombres en general…), y segundo porque el puerperio es un proceso que tiene que ver sobre todo con acoger y proteger, y biológicamente la mujer puérpera está llena de oxitocina y prolactina, hormonas “antienfado” por excelencia. La doula tendrá que estar muy atenta a los pequeños signos de enfado, para animar a la mujer a poner límites. También puede “aliarse” con la pareja de la mujer, o con algún familiar, para que ayuden a la puérpera a decir que no, a enfadarse, vamos, para entendernos, para echar a las visitas cuando ya empiecen a molestar!!!

MIEDO: Otra emoción básica que es muy frecuente en el puerperio. El miedo nos informa de que algo puede ser peligroso, nos insta a huir o a escondernos, y esa huída puede expresarse de múltiples maneras: Dejar al niño al cuidado de otros, no responsabilizarse de él, evitar cogerlo, bañarlo, etc… La doula deberá estar atenta a estos signos para “destapar” la emoción subyacente. Durante el puerperio todo es nuevo, y en general lo nuevo, lo desconocido, nos provoca miedo. Por  tanto el miedo será una emoción que tengamos que gestionar a menudo. Es fundamental que la doula ayude a la madre y a la familia en general a expresar los miedos claramente, pues muchas veces la inseguridad, el miedo al coger al niño, la tensión que nuestros cuerpos soportan en esos primeros días, se “transmiten” al bebé, que al captar que el cuerpo que le coge está tenso, lo vive como una experiencia de inseguridad, y llora porque no sabe qué está ocurriendo. Yo animo a las mamás a que expliquen a su bebé qué les “pasa por dentro”, si están asustadas, si no saben qué hacer, si se desesperan… que lo verbalicen, que lo cuenten, que se lo cuenten al pequeño. Simplemente hablando podemos darnos cuenta de que el miedo se diluye. El miedo nos paraliza sobre todo si no hablamos de él ni lo hacemos consciente, cuando lo enfrentamos, somos capaces de ponerlo en su justa medida, de darnos cuenta de que no era para tanto. Es importante informar a la madre de todas las cosas que le pueden pasar al niño y que son normales: pequeñas ronchas en la cara, quejidos durante el sueño, llantos sobre todo a última hora de la tarde, gases… y darle herramientas para mejorar esas pequeñas molestias, que se sienta capacitada para ayudar a su bebé en el tránsito del mundo uterino al mundo extrauterino.

Muy importante es que la doula gestione sus propios miedos, y pida ayuda ante situaciones que no se le hayan presentado antes o para las que no tenga respuesta. Igual que los coach emocionales necesitan de vez en cuando convertirse en coachees, la doula necesita de vez en cuando ser “douleada”.

14995171_sSORPRESA: Como el miedo, tiene que ver con lo que no conocemos, pero nos despierta curiosidad, no la reacción de huída típica del miedo, sino una reacción más bien de acercamiento. Suele ser fácil de gestionar, porque provoca una alegría interna con cada descubrimiento. Yo, tras años y años trabajando con niños, me sigo sorprendiendo de las enormes capacidades que tienen los recién nacidos, de cómo se “agarran” a la vida, de cómo son capaces de superar cosas que ningún adulto podría. Me sorprende la expresión sabia de sus ojos cuando te miran, que parece que te atraviesan, que saben lo que piensas y lo que sientes. Me sorprende su infinita necesidad de ternura y suavidad, y cómo responden cuando la reciben. Y sí, me sorprende la enorme capacidad de amor y sacrificio que tienen la mayoría de las madres. Una madre me contaba que ella se sentía culpable porque no sentía amor por su hijo. Le pedí que me lo explicara, porque para mí era evidente que ese amor existía, en cómo acariciaba a su hijo, en cómo lo miraba…. Ella me dijo que su mente sabía que el niño necesitaba eso, y que por eso se lo daba, pero no lo sentía en su corazón. Este sentimiento de extrañeza es más frecuente de lo que se pudiera imaginar, y tiene que ver con la sorpresa. Todas las madres y padres se han hecho una imagen de su hijo… que normalmente no tiene nada que ver con la imagen del niño REAL, y esa diferencia entre su hijo imaginado y el real les causa sorpresa y extrañeza. En algunas madres la extrañeza es tal que llegan a tener la idea falsa de que les han cambiado al niño, que “ese” no es su hijo o hija. Es fundamental que la doula hable de este tipo de sentimientos con los padres, incluso ANTES del nacimiento del niño, que comprendan que son sentimientos TOTALMENTE NORMALES, que conocer a su hijo es un poco como enamorarse, que se abran a las sorpresas que les trae ese pequeño ser, a las sorpresas que implican crear una familia.

ASCO: El asco nos informa de que hay algo en nuestra vida que tenemos que eliminar, que sacar fuera, que “vomitar”. En el puerperio es frecuente que ciertas cosas que antes nos gustaban, o nos eran indiferentes, empiecen a darnos asco. Muchas madres fumadoras me cuentan que durante el puerperio el humo del tabaco las hacía vomitar, igual que en el embarazo (otras habrían deseado que fuera así, para que fuera más fácil dejar de fumar!!!), o madres que adoraban un tipo de comida y en el puerperio no pueden ni probarla. Más duro es cuando nos dan “asco” algunas personas cercanas. E incluso trágico si el que nos inspira esa emoción es nuestra pareja, o incluso nuestro recién nacido. Es imprescindible que la doula ayude a la madre a expresar esta emoción, que cuando se refiere a nuestra pareja o hijo suele ser pasajera y estar en relación con algún trauma, ya sea infantil o durante el parto, a la sensación de haber sido “violada” o violentada de algún modo. Por desgracia vivimos en un país en el que la violencia obstétrica es algo que está a la orden del día, el número de mujeres que se han sentido violentadas o agredidas durante el parto sigue siendo demasiado elevado, y aunque se van abriendo iniciativas para humanizar el parto, para intervenirlo lo menos posible, para dar intimidad y voz a las mujeres, aún son tímidas y no están todo lo implantadas que sería deseable. La doula tiene que estar especialmente atenta cuando ha acompañado un parto muy intervenido, o que ha terminado en cesárea, ya que en este caso el establecimiento del vínculo con el bebé es más complejo (al igual que es más compleja la lactancia materna), y la emoción del asco en relación con el bebé, con la pareja, o con la esfera sexual en general, puede aparecer incluso meses después.

Espero que este breve repaso os haya sido útil. El mundo de la gestión emocional es complejo y mucho de lo que aquí pongo tiene que ver con mi opinión y mi experiencia personal, animo a todas las doulas (realmente yo animo a todas las personas, pero especialmente a aquellas que trabajan con otras personas, y aún más a los que son padres y madres o desean serlo) a formarse en gestión emocional y a encontrar su propio camino.

De cerca nadie es normal

Resumen: la idea de ser normal es muy difícilmente manejable. Hay muchas cosas que son «normales», que se quedarían sin valoración: una puesta de sol, la sonrisa de un niño, la satisfacción de comerse un pastel, un beso, etc. la ventaja personal del concepto: nos hace sentirnos integrados en el ambiente en el que vivimos. Sin embargo quita el valor a lo que hacemos todos los días y nos introduce en una escala de valoración que es externa.

La frase da vueltas y ha sido el título de una película de Marcelo Mosenson y de una 16832112_scomedia de Aitana Galán y Luis García Araus. También se conecta con el cantautor brasileño Caetano Veloso. Pero independientemente del origen expresa una profunda verdad: cada ser humano es único, singular, distinto, diferente.

La frase también conecta con mi experiencia personal. He visto que, en cualquier ámbito del trabajo emocional, el concepto de normalidad, de ser normal es muy difícilmente manejable. Recuerdo incluso un curso en Roma en el año 1989, o sea que ha llovido desde entonces, donde se trataba de la aplicación del concepto en psicología y se llegaba a la conclusión de que no era operativo, lo mismo que el concepto de madurez. Ser normal y ser maduro, son dos conceptos muy poco operativos, incluso dañinos.

Hace unos días he vuelto a ver esos efectos dañinos de la idea de ser normal. Se hablaba de éxitos: «¿qué son éxitos en tu vida?», era la pregunta y una persona respondió, más o menos: «yo tengo una idea de lo que es normal y eso traza una raya, lo que sale por arriba son éxitos, lo que se va por abajo, son elementos a rectificar, comportamientos a cambiar. Lo que está en el campo de lo normal no es éxito, es lo que tiene que ser».

¿Qué problema tiene esta concepción interna (y que afecta a la propia valoración de la persona, a su autoestima)? Sencillamente que es falsa. Ese concepto de normal abarca lo que es normal para esa persona concreta, algo que cree que es normal en el ambiente en el que vive. Es decir, normal como mucho se puede referir a un ambiente concreto, bien delimitado. Es decir, y esta es una primera observación, limita la persona a un ambiente y la mide con ese ambiente.

Esta también es la ventaja personal del concepto: nos introduce en el ambiente, nos hace sentirnos integrados en el ambiente en el que vivimos, nos hace «normales», y visto así tiene un fuerte efecto tranquilizador y de inclusión social: hay un rechazo a todo lo que no se ve como normal, la persona «normal» evita el rechazo. Fijaros que hablo de rechazo, que a nivel emocional se sitúa en el asco como emoción básica: se está dentro o fuera.

Pero vamos a las dificultades del concepto. Hay muchas cosas que son «normales», en el sentido de que entran dentro de una norma, y que se quedarían sin valoración: una puesta de sol, la sonrisa de un niño, la satisfacción de comerse un pastel, un beso, etc. Cualquiera de esta cosa son normales, sí, pero son también muy valorables, quizá lo más valorable, lo que da sentido a la vida.

Pero el fondo del problema de la inexactitud del concepto de normal es cuando nos valoramos a nosotros mismos. El concepto de normal quita el valor a lo que hacemos todos los días, sencillamente porque tenemos que hacernos, pero que es la actividad que hace de nuestra casa un hogar, de nuestro trabajo algo en servicio de los demás y de sustento económico para nosotros mismos. No valorarnos esto y valorar solo lo extraordinario, nos deja a merced de que se cumplan cosas extraordinarias y nos hace vivir el cada día con una gran insatisfacción.

La trampa por tanto que encierra el concepto es que nos introduce en una escala de valoración que es externa, que valora lo que el muy concreto y particular entorno social valora, y elimina de ser valoradas muchísimas de las cosas que tenemos y/o hacemos. En el coloquio del que hablaba al principio una persona dijo que no valoraba que llevaba quince años casado, porque era lo normal en su vida. A mí me embargó una gran pena. Y me parece que es algo a veces muy metido en la cultura: has hecho lo que te toca, lo que tienes obligación… ¡caray!, no valorar 15 años de la propia vida gastados junto a otra persona, porque es lo normal estando casados.