La asertividad es sana. Afírmala con los derechos asertivos

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En mi experiencia, también en la mía personal, encuentro que debido a muchas razones diversas, aunque normalmente relacionada con mensajes recibidos en la infancia sobre la necesidad y la obligación de compartir, nos cuesta muchas ocasiones exigir lo nuestro y hay muchas personas, entre las que me encuentro, que afirman con mayor facilidad lo que le corresponde a otros que lo propio. ¿Te encuentras entre esas personas?

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La emoción crea nuestros lazos y así dibuja nuestro mundo personal

las 4 dimensiones de la emocion

Quizá estamos más acostumbrados al aspecto evaluativo de la emoción. En la gestión emocional lo que interesa es la información que nos aporta, la evaluación que hace de la situación de una persona. De ese modo el miedo informa de que existe un peligro del tipo que sea, mientras que el enfado o la rabia nos informa de un obstáculo en nuestro camino o de que nos han arrebatado algo, o de que alguien está pisando nuestro terreno personal.

Pero la emoción no es solo información o valoración de la situación, la emoción tiene una dimensión vínculativa. Debido a la emoción nos sentimos vinculados o rechazamos (nos caen mal) personas o cosas o situaciones, todo aquello que vivimos.

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Estamos donde está nuestra atención

He escrito una entrada en mi blog de Antropología Emocional sobre cómo funciona la atención que recomiendo como introducción a esta, que quiero sea mucho más práctica.

Para ello comienzo por el título: estamos donde está nuestra atención, nos encontramos presentes allí donde esté nuestra atención. Donde no hay atención, no hay presencia. Esto es algo muy obvio. Si un niño está distraído en clase y lo observamos le vamos a decir: «Fulanito, vuelve aquí con todos!».  Mi madre me decía: «estás en Belén con los pastores», con ello me quería decir que no estaba allí presente, que mi atención se había ido detrás de mi imaginación, en mundos despegados de la tierra.4555685_s

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Empoderamiento

Resumen: El empoderamiento es el poder de la persona que habla desde el centro que es ella misma. Sin empoderamiento se pierde el centro personal como sujeto (no existe otro centro posible para la persona) y con ello el contacto con la propia sensibilidad: sensaciones, emociones y sentimientos. El proceso de coaching emocional se podría definir en términos de empoderamiento tanto con adultos, como el coaching con niños y adolescentes.

El empoderamiento significa hablar desde el yo quiero, también desde lo que me gusta, lo 14786895_sque significa tanto como manifestar que se posee la propia vida. Habla desde la propia vida confiere mucho poder a la persona. El proceso de coaching emocional se podría definir como un proceso de empoderamiento. Este es el prisma que quiero utilizar en esta entrada.

De vez en cuando nos encontramos personas que hablan desde un descentramiento del sujeto, hablan básicamente desde otros y su lenguaje suena como una renuncia al propio poder como sujetos: hablar desde fuera del sujeto que somos. Son personas cuyo lenguaje denota poca atención a sí mismos, ya que la atención está puesta en lo que necesitan los demás, y por ello suenan como que se encuentran a merced de los demás. En el plano de la acción, de la conducta, son personas que no encuentran un rato para dedicar a pequeñas acciones para su propio disfrute: ir al gimnasio, ir a una actividad que les gusta, a cuidarse, siempre están en cosas que llenan necesidades de los demás, siempre se encuentran dispuestos ayudar y están disponibles para servir a los demás.

Estas personas suelen tener una lista de deberías: actúan desde lo que deben hacer, no desde lo quiero y menos desde me gusta. Esto les lleva a ir progresivamente adquiriendo la sensación de no tener una vida propia, de que la propia vida les está pasando por delante utilizada en servicio de otros.

Esto a no ser que se encuentren muy desensibilizados por una larga educación en esos deberías. Esta desensibilización es más común en mujeres, cuya educación tradicionalmente conllevaba una desensibilización del enfado y por tanto pueden encontrar muchas dificultades para expresarlo, incluso para detectarlo.

Así se configura una dependencia emocional de los demás que puede llegar a expresar que se encuentran a gusto con cómo están, que no expresan malestar.

Las habilidades o metas parciales que hay que conseguir en el proceso de coaching son la asertividad, la capacidad de expresar los propios límites con naturalidad, superar el miedo a no ser capaz, la dificultad para expresarse en términos de yo necesito, el autoconocimiento para escucharse a sí mismo.

El objetivo final es tomar conciencia de sí mismo y expresarlo al entorno. Recomponerse como persona, como una persona empoderada, como un sujeto con su propio poder.

Empoderarse sería por tanto hablar desde el propio cuerpo, desde las propias necesidades y relaciones, de modo que la persona sepa hacerse cargo de las propias sensaciones, emociones y sentimientos y en último término de la propia vida y así poder ser libre.

Asertividad

Resumen: la asertividad no es una emoción, es una actitud. Se encuentra entre 2 extremos: sumiso y agresivo. Se refiere a saber expresar los límites en las relaciones, a nivel emocional, expresar el enfado con naturalidad o no. Debajo de la actitud sumisa suele haber un miedo viejo a perder la relación. Debajo de la actitud agresiva suele estar un miedo a dejarse conocer.

La asertividad no es una emoción, es una actitud. Desde el punto de vista emocional es un 4474177_spatrón de respuesta emocional. Que sea un patrón significa que hay un bloque de respuesta prácticamente automática que encadena situación-sensación-emoción-sentimiento-conducta, de modo que en las situaciones en que el patrón se desencadena pasamos casi sin percibirlo desde situación a conducta. En el caso de la asertividad el tipo de situación que desencadena el patrón es la relación con una persona (o las relaciones con otras personas en general). La producción de patrones emocionales es bastante general en la conducta y es fruto del aprendizaje. Con esto quiero decir que tener patrones de conducta en si no es malo, más bien es nuestra forma de almacenar respuestas para no estar siempre creando nuevas. Aunque también significan un tipo de bloqueo que cuesta cambiar cuando no las consideramos útiles.

El patrón de respuesta en el que se sitúa la asertividad tiene que ver con el enfado. En concreto, se trata de nuestro modo de presentar nuestro enfado en una determinada relación. El enfado indica los límites que tenemos, también lo que nos parece justo. El enfado introduce esos límites en las relaciones en una horquilla de actitudes que van desde la sumisión (no muestro mi enfado y por tanto no pongo límite alguno ni expreso que no me siento respetado, ni pido…) hasta otro extremo que es la agresividad (manifiesto cualquier límite sin tener en cuenta al otro sino solo mi propia necesidad). A lo largo de la horquilla caben muchas graduaciones.

La asertividad está en el centro de esa horquilla, se trata de actitud que cumple la regla de Aristóteles: in medio virtus. La virtud se sitúa en el medio entre dos extremos viciosos. La asertividad es el medio entre la sumisión y la agresividad.

¿Qué hace que los extremos sean «viciosos»? No se puede dar una respuesta simple, así que voy a dar alguna indicación. Para entender bien lo que sigue sería muy provechoso situarse personalmente en la horquilla con la pregunta: ¿qué soy sumiso o agresivo? ¿Esto es general o se produce de modo especial con alguna persona?

Comencemos por la sumisión. Si nuestra situación personal en las relaciones con los demás 13583364_sse acerca al polo sumiso, es decir, en nuestras relaciones (o en una relación concreta) no expresamos con facilidad nuestras necesidades, (o lo que consideramos justo, o que no nos sentimos tratados con respeto, o que nos sentimos tratados con un rasero diferente), si esto sucede, es muy posible que debajo de nuestra actitud sumisa se encuentre un miedo (miedo en general a perder la relación de algún modo). No se trata de un miedo fresco, espontáneo, como el que se produce en un susto o un peligro presente, sino un miedo antiguo, incrustado en la relación. Un miedo viejo que nos impide expresarnos con soltura, que nos obliga a medir las palabras cuando se trata de lo nuestro. Un miedo que ha acabado generando nuestro patrón sumiso. Hay una repetitiva cesión de derechos, de concesiones que pensamos recuperar, pero no terminamos de hacerlo.

Habitualmente junto a este miedo va creciendo un enfado con nosotros mismos: por no hablar, por no pedir, etc. Aunque también se da el caso en que el patrón emocional está tan aprendido, tan asimilado que el enfado ni se percibe, en este caso la persona piensa: «no es propio de mi ser agresivo, soy una persona educada y respetuosa». El enfado no aflora por la referencia a las propias creencias y por la educación aprendida.

La situación de quien posee una actitud agresiva es más compleja. En mi experiencia en ocasiones también responde a un miedo, que también es un miedo viejo, incrustado en el propio tejido de relaciones. Se trata de un miedo a ser conocido, a mostrar debilidad, a que alguien entre en el territorio de la intimidad. El miedo lo que hace para no mostrar es construir un muro de agresividad, que es apariencia de fuerza, todo lo contrario a la debilidad.

El resultado de ambas actitudes es diverso. El sumiso establece relaciones, pero no como igual, sino como servidor: es el que siempre hace los «recados». Es decir, establece las relaciones, pero con una renuncia a sí mismo. El agresivo a corto plazo consigue lo que pretende de las relaciones, pero se va quedando progresivamente solo, aislado. La muralla de defensa que ha establecido le aísla. Los demás le hacen caso las primeras veces, pero luego se alejan. Es difícil convivir con alguien que constantemente muestra agresividad.

Ahora se puede ver bien la «virtud» de la asertividad: «(Es asertiva) aquella persona que defiende sus propios derechos  y  no presenta temores en su comportamiento» (Fensterheim y Baer, 1976). Es asertiva aquella persona que expresa sus necesidades y límites con naturalidad, sin temores, por tanto, que sabe ser ella misma en las relaciones. También me ha dado personalmente mucha luz un muy buen consejo que añado para los sumisos: «Si sacrificamos nuestros derechos con frecuencia, estamos enseñando a los demás a aprovecharse de nosotros» (P. Jakubowski). Las relaciones tienden a configurarse de un cierto modo y si «enseñamos» a aprovecharse de nosotros, luego es difícil cambiarlo.

Tal como se puede entender los dos extremos, sumisión y agresividad, son dos patrones en los que la persona se encuentra atrapada y necesita un trabajo emocional que dura tiempo para salir de ellos. La asertividad en el centro, es un equilibrio emocional y personal que hay que lograr en cada situación particular, no una posición sencillamente lograda.

Pero esta entrada se ha alargado ya suficiente y en otra ocasión hablaré de lo que se llaman derechos asertivos, que voy a introducir diciendo que son el derecho a decir no y a pedir sin sentir miedo ni culpa. Solo quiero añadir que resulta cuanto menos sorprendente o curioso que la sexualidad también se pueda entender del mismo modo, en una horquilla desde la agresividad a la sumisión.

Seguridad o vínculo personal: qué es más importante para el ser humano

Resumen: El segundo nivel de la pirámide Maslow contiene según su autor el nivel de la seguridad. En el tercero está la necesidad de pertenencia. En mi opinión es una elección de cada persona la que decide si en ese segundo nivel va la seguridad o los vínculos, la necesidad de pertenencia. Esto es una elección de cada individuo con grandes repercusiones. En realidad pone delante cosas o personas, la seguridad del tener o las relaciones personales.

La pirámide de las necesidades de Abraham Maslow es un instrumento que posee una gran pirámide Maslowprofundidad y graves implicaciones en lo que se refiere a como entendemos que son los seres humanos. Se trata nada menos que una organización de todas las necesidades y el  establecimiento de una jerarquía. Esta jerarquía indica cuales necesidades se van a satisfacer antes que otras. En el caso de un conflicto de necesidades, el hombre/mujer va a actuar instintivamente siguiendo un orden, precisamente el que le proporciona la pirámide. Maslow llegaba a ser radical en este orden jerárquico: mientras un nivel de la pirámide no está satisfecho, no se pasa a llenar el siguiente nivel.

Bueno pues en esa jerarquía, según Maslow, la seguridad ocupa el segundo nivel de la escala. Ya he comentado en otra entrada que he observado que esto no es verdad en los niños, ya que estos resuelven sus necesidades de seguridad a través del vínculo, lo que convierte a estos en más prioritarios. Después de mucha observación, esto me llevó a proponer  invertir el orden de la pirámide y situar en el segundo nivel a las necesidades de pertenencia, es decir a los vínculos, y en el tercero a las de seguridad.

Obviamente desde entonces he estado observando si este nuevo orden de la jerarquía es la correcta. He percibido que los adultos pueden perfectamente prescindir de los vínculos y situar en primer lugar sus necesidades de seguridad. Por ponerlo de un modo crudo y evidente: un adulto puede vender un hijo/hija para conseguir dinero con el que sobrevivir, acción que se ha repetido múltiples veces en la historia. Evidentemente esta acción tiene por delante la seguridad, desde el punto de vista de las necesidades del sujeto que la realiza, con respecto a los vínculos o pertenencia. Algo que evidentemente el hijo/hija vendido no podría hacer.

Esto me lleva a constatar que el poner en segundo nivel los vínculos o la seguridad es una elección. Elección que hace un adulto, y que hace optar por ser un ser en el que prima la individualidad o en el que priman las relaciones de pertenencia. En el primer caso las necesidades del individuo son puestas por debajo, es decir, van a ser preferidas sobre las necesidades de pertenencia. En el segundo la consecuencia es la contraria. Como se ve de modo evidente los dos esquemas de valores son netamente diversos.

Esta elección de la que hablo, primero la seguridad o primero el vínculo, se podría entender también del siguiente modo: poner en  primer lugar las cosas o las personas. La seguridad de que habla Maslow se cifra en tener cosas, es la seguridad que proporciona tener: un empleo, una casa, dinero, etc. Los vínculos son relaciones con personas. Aquí estoy siguiendo más a Martin Buber. Poner delante una cosa u otra tiene muchas consecuencias en la vida. Y, si, me reafirmo, se trata de una elección que cada persona debe realizar.

Las épocas difíciles, como la crisis que actualmente sufrimos en mi país, España, que sumerge a muchas personas en la pobreza, sitúan a muchas personas en la disyuntiva de realizar elecciones que se sitúan en el nivel de seguridad: de ingresos, de lugar donde vivir, etc. Como bien se ve la elección que haya efectuado de situar en el segundo nivel la seguridad o los vínculos, va a influir poderosamente: el individuo va a optar por buscar seguridad con sus vínculos más claves o va a buscar seguridad solo. Precisamente por eso, esta disyuntiva se producen tantas crisis de relaciones: tiro adelante yo solo o me salvo con mis vínculos. Esa es la disyuntiva. También la sociedad en su conjunto realiza esa elección y hay fuertes episodios de solidaridad y también de insolidaridad.